“En memoria de los estudiantes que cayeron y lucharon en las jornadas de mayo de 1957 se creó la institución que va a dar albergue a los universitarios en este edificio para que tengan el recuerdo de los que no vacilaron en dar su vida antes que someterse a la tiranía y para que sigan su ejemplo cuando quiera que la libertad esté en peligro”.
Corporación De Residencias Universitarias.
Mayo 10 de 1961
La placa con esta leyenda es lo primero que se ve al entrar a “Residencias 10 de Mayo”, un proyecto de vivienda para estudiantes de escasos recursos, provenientes de comunidades indígenas, municipios pobres y zonas fronterizas.
Creadas en 1960 con la donación estatal de los edificios C1 y C2 pertenecientes al Centro Urbano Antonio Nariño, ubicado en la localidad de Teusaquillo y declarado Monumento Nacional por tratarse del primer conjunto residencial de Bogotá; las Residencias 10 de mayo cuentan con 128 “apartamentos” en los que conviven o mejor dicho sobreviven cerca de 400 estudiantes de la Universidad Nacional.
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Mis guías, dos indígenas arhuacos nativos de la Sierra Nevada de Santa Marta: Juan Carlos Duran y Rafael Mindiola. El primero, de mirada profunda y sosegada, cabello crespo a la altura de los hombros y ataviado con el tradicional traje que consiste en un pantalón ancho, una ruana ceñida en la cintura por una faja de algodón y el particular gorro, cada una de estas prendas de un blanco impecable; el segundo, de hablar acelerado, estatura mediana, pero a diferencia de su compañero vestido con un estilo muy urbano: un pantalón y una camisa casual. Ambos estudiantes de zootecnia de la “Nacho”.
El camino, un tramo serpenteante que iniciamos en la entrada de la calle 45 de la Universidad Nacional atravesándola hasta su salida por la calle 26, una vez afuera del centro educativo cruzamos el puente de escaleras despicadas, volteamos a mano izquierda y giramos hacia el sur pasando por Corferias; aproximadamente una cuadra después, llegamos a la “Residencia”, una mole de cemento relegada del Centro Urbano Antonio Nariño.
Ante mí, una construcción gigantesca y de arquitectura sórdida, (aunque las reseñas históricas del lugar digan lo contrario), triste y carcomida por los años y por el fuego que devoró los primeros 9 pisos de la torre 1, durante un incendio producto del enfrentamiento entre el movimiento estudiantil y la fuerza pública hace casi 50 años. La entrada invadida por las bicicletas que descansan sobre aquel monumento, que recuerda a los estudiantes revolucionarios sublevados contra el régimen de Rojas Pinilla, ese 10 de mayo de 1957.
En lo que podría llamarse el lobby se encuentra la portería, una modesta sala de televisión, la entrada al parque infantil, la biblioteca, la administración, los teléfonos públicos y los precarios ascensores oxidados que nos condujeron al piso 12 en donde vive Juan Carlos, quien comparte habitación con otro compañero. Sin embargo, cuenta que la regla general es que por cada habitación deben ser tres personas, hombres y mujeres por separado, o en su defecto parejas casadas y madres solteras con sus respectivos hijos. Las alcobas de estas últimas suelen ser más costosas porque son más grandes y tienen baño privado.
Al llegar al piso se observa el pasillo en el que se encuentran las habitaciones; los baños, uno por cada tres “apartamentos” y los lavaderos, dos por piso. Salta a la vista la grieta profunda que se abrió al interior del edificio después del temblor del 5 de mayo de éste año, y en general se divisa el estado de abandono de la construcción. Las ventanas que dan a la calle muestran una panorámica de Bogotá increíble, pero la vista al interior de los cuartos sigue siendo desalentadora. Una mesa de dibujo perteneciente al compañero de Juan Carlos que estudia arquitectura, un computador, unos afiches de muñequitos de acción, una semi – cocina con algunos platos y pocillos, la olleta puesta en la pequeña estufa eléctrica y una división que hace las veces de comedor y separa la cocina de la sala/estudio. La puerta que da al balcón y cuyo vidrio ha sido reemplazado por un pedazo de plástico. Casi imperceptible y prudencialmente entrecerrada se encuentra la habitación con las dos camas.
Rafael cuenta que cuando llegan a vivir al edificio, lo único que les entregan es una mesa y el mueble de la cama, que en ocasiones se reduce a una puerta con patas. Los utensilios de cocina, el colchón y demás mobiliario corren por cuenta de ellos. Sin embargo, para entrar artefactos adicionales deben consultarle a sus compañeros para no invadirles el espacio y con la autorización previa llevar una carta para informar a la administración.
Respecto a las reglas, dice que les muestran el reglamento, ellos lo firman pero nadie vigila si lo cumplen o no. Pueden llegar a la hora que quieran porque siempre hay un celador que les abre, el problema es que cierran los ascensores a las 10:30 p.m. y les toca subir por las escaleras. Cuenta entre risas que hace poco se les dañó el ascensor y casi no lo pueden arreglar porque ya no se consiguen los repuestos.
Para ingresar a estas Residencias es requisito indispensable ser estudiante de la Nacional, la cual según los recursos de cada persona ofrece una especie de préstamo que subsidia la vivienda y la alimentación. El de Juan Carlos es de 280 mil pesos, de los cuales 144 mil son para pagar la residencia y el resto para sobrevivir.
Como Juan Carlos y Rafael, existen miles de estudiantes que viajan desde las zonas más alejadas del país hasta Bogotá, para buscar la oportunidad de ser profesionales. Sin embargo, la capital los acoge en residencias como esta que parece darles la bienvenida a una selva de cemento, llena de transeúntes indiferentes, en donde la miseria se disfraza de monumento y perpetúa el abandono de una población jamás favorecida.




