Última Palabra / Baños Públicos


1.

La mujer que acaba de parquear el auto es una alta ejecutiva que usualmente viste con faldas y escotes profundos. Las medias que hoy lleva son negras y sedosas. El abrigo es largo y de cuero café. El celador, un hombre bajito, la saluda: Buenos días doctora cómo está… Ella no le responde y no porque sea mal educada, sino porque se siente rota por lo que acaba de saber. Toma el ascensor para su oficina, pero baja en el piso de las secretarías generales y se mete al baño público de ese nivel. El baño es amplio, limpio y aromatizado. Son las primeras horas de la mañana y suponemos, que el personal de aseo nocturno, cumplió con su trabajo a cabalidad. La mujer, antes de dejar su bolso sobre el lavabo de porcelana negra, limpia unos rastros de polvo blanco del empotrado. Saca el celular que su esposo, por descuido, torpeza o deliberación; dejó abandonado en la mesa del comedor. “No puedo creer esto” se dice mientras repasa los videos que encuentra en el celular. “No puedo creerlo…mucho hijueputa, ya verá”, unas lágrimas oscuras se deslizan por sus mejillas rosadas. Toma un kleenex del borde del espejo, limpia su rostro, guarda el celular del marido en el bolso; retoca su maquillaje, se reacomoda el abrigo de cuero y antes de abandonar el baño, hace dos llamadas desde su celular.

La primera es a un apuesto abogado que ha estado cortejándola desde hace unos meses.

-          Quiero pasar esta noche contigo- le dice ella como saludo.

-          Ey, ey… pero qué está pasando, buenos días señora.

-          Te digo que nos encontremos esta noche en tu casa de Las Colinas, ¿está bien o no?

-          No estarás bromeando…

-          ¿Sí o no?

-          Debo estar  soñando… por supuesto que sí.

-          Ok, te veo en Las Colinas a las siete.

-          Allá estaré.

La segunda llamada es a su marido, pero se asusta al escuchar el teléfono en su propio bolso. Se ríe -qué tonta soy- se dice. Toma el celular de su esposo, abre la puerta de un baño y lo arroja al retrete que descarga automáticamente. Sale del baño triunfal, erguida. Trabajará con mucha eficacia ese día, se verá en Las Colinas con el abogado y harán el amor toda la noche. Ella continuará viendo al abogado, pero su dicha desaparecerá dos semanas después, cuando su esposo la acuse de adulterio y le pida el divorcio. La desdicha se hará más grande, cuando el apuesto abogado se niegue a representarla y presente en la corte, tras un previo y millonario acuerdo con el marido; un video probatorio del adulterio. Ella sufrirá un desmayo en la Sala de Audiencias, al reconocer con horror las cortinas, sábanas y paredes; su pelo desordenado y boca jadeante, sus muslos relajados y dispuestos. Recuperará el sentido, pero será tarde porque el abogado presentará la grabación de la llamada que ella le hizo desde el baño público. Querrá gritar que ella lo hizo porque descubrió en el celular de su esposo, unos videos donde éste la engañaba con otra, pero se sentirá insignificante al recordar que ella misma, arrojó esas valiosas pruebas al excusado. Odiará a su marido y odiará más al abogado, quien le propondrá que retirarán la demanda, a cambio del divorcio y varias de sus propiedades. La mujer perderá respeto y privilegio social. Se mudará de país y empezará de nuevo. Algunas mañanas, en las que se despertará sintiéndose terriblemente mal, se jurará a sí misma que regresará al país y matará al abogado.  Nunca encontrará las agallas para hacerlo.

2. Baño público: hombres

Un hombre gordo, sudoroso sale del baño, al mismo instante en que ingresa un hombre calvo y flaco. Es martes y el Centro Comercial está vacío. El hombre calvo y flaco se lava la cara con abundante agua, bebe algunos sorbos del grifo. Toma una de las toallas de papel del contenedor, se seca con cuidado la barba y las manos manchadas de nicotina. Se mira al espejo, revisa su reloj con impaciencia. Imita el movimiento de un pianista sobre el lavabo, da media vuelta y camina hacía un orinal al fondo del baño. Relaja su cuerpo y se deja ir sobre el pozo de porcelana sanitaria. El hombre gordo, sudoroso regresa al baño, cierra la puerta de uno de los retretes y alivia sus pasos afanados. El calvo y flaco, sube su cremallera, sale del baño y se ubica en la terraza. Mira su reloj y enciende un cigarrillo con un fósforo. Observa hacia la calle. Los pequeños carros, la luz de la tarde en las ventanas. La exhalación densa de sus cigarrillos sin filtro.

El hombre gordo, sudoroso y algo aliviado sale del baño. Un muchachito de pelo churco, se cruza con el gordo en el pasillo. El muchacho está peinado de lado, lleva un suéter verde y un pantalón negro. Los ojos del calvo y flaco se encienden al ver al adolescente, al tiempo que aplasta el cigarro en el talón de su zapato. Se encamina hacía la puerta y no alcanza a ver, a una mujer desnuda en el octavo piso del edificio del frente. En condiciones normales, una mujer en una ventana sin nada encima, habría robado la curiosidad del hombre calvo y flaco, pero éste se encuentra abriendo la puerta del baño, reconociendo al muchachito del suéter verde y pensando: “tal y como quedamos en el MSN, tal y como dijimos que vendríamos vestidos”. Los deseos realizados, el minuto donde la agonía termina y se llenan los orificios vacíos. El hombre abraza al muchachito y lo besa en la boca. El muchachito lo acaricia con violencia, casi con tristeza. Una mezcla de manos, vértigos y lenguas.

Pasarán tres minutos, antes de que la mujer desnuda del octavo piso se arroje al vacío. Pasarán cuatro, antes de que el gordo, sudoroso, retorne por el pasillo, abra la puerta y se encuentre con los dos desconocidos, revueltos y furiosos, sobre la pared de enchape azul, del baño del sexto piso del Centro Comercial.

3. Baño público: mujeres

-          Tenga cuidado cuando saque la basura de las bolsas, no se vaya a cortar con la aguja de algún adicto- me dice el manager de aseo del turno nocturno.

Estoy en el baño del piso de las secretarías generales. Resulta interesante imaginar qué se puede encontrar en las canecas de los baños. Sin embargo, recuerdo la advertencia del manager “en estos tiempos la gente mete mucho vicio” y no falta el que venga a drogarse aquí. No puedo correr riesgos, así que en vez de meter la mano y sacar la basura, opto por desprender los contenedores de las paredes y vaciarlos dentro de una bolsa grande. Me toma más tiempo, pero esta noche me siento paranoico.

Limpio los vidrios. No me queda ni la sombra de una gota en los cristales. Barro el piso y antes de trapear, limpio los lavamanos con ácido y me dirijo con un trapo y un spray hacía los retretes. Estoy agachado restregando algunos grumos y escucho que alguien ingresa al baño. Salgo del cubículo y miro hacía el espejo. Una mujer uniformada se echa agua en la cara. Se saca la gorra negra y de su ancho uniforme, saca un cepillo, se peina el cabello y lo recoge en una liga. Se pone la gorra y de su bolsillo derecho saca una bolsita. La lleva a la altura de los ojos, la golpea suavemente con los dedos y el polvo de la bolsita gana volumen.

-          Águila 2 para águila 3, águila 2 para águila 3- resuena en el radio teléfono la voz de un hombre trasnochado.

-          Aquí águila 3 siga.

-          Vea, es que ya es hora de mi descanso y era para ver, si usted ya viene.

-          Águila 2 déme tres minutos, en tres minutos estoy allá.

-          OK águila 3, tres minutos, fuera

La vigilante se apura. Esparce un poco de polvo en el mesón negro del empotrado. Corta el polvo y le da forma con el carnet que vuelve a prender de su uniforme. Saca un pitillo plástico, lo pone sobre la delgada línea blanca y la aspira de un solo golpe. La vigilante se echa para atrás con los ojos cerrados. Los abre, sonríe, toma el radioteléfono:

-          Águila 2… voy para allá.

La vigilante guarda la bolsita en su uniforme, mastica el pitillo unos segundos, lo escupe y sale del baño. Me acerco al lavamanos, tomo el plástico masticado y lo arrojo a la bolsa de basura. Termino con los retretes, acomodo las cosas en el carro del aseo y salgo en busca de los baños del siguiente nivel.

4. Ángeles de alas rojas

Está desnuda frente a la ventana. La ciudad le queda pequeña, la gente le aburre, el mundo es un gran fraude. Tres días de olvido no son suficientes para olvidar. Brandy. Coca. Sexo. La herida es demasiado profunda.  Piensa y siente náuseas, se ahoga en su propia tos. Le vienen a la cabeza los tangos, las manos, los besos de su padre. Los olores marcan su vida, sus recuerdos apestan a colonia masculina. Aprieta los ojos, balancea su cuerpo, se arrepiente. Va hasta el baño. Vomita. Busca en el botiquín las pastillas, llena su mano, las pone en su boca, bebe un vaso con agua del grifo. Siente que sus ojos se hunden en su rostro. Escucha gritos saliendo de su garganta. Cierra la puerta del baño y se acuesta en la cama. Se siente un poco mejor. Se empieza a quedar dormida mirando a través de la ventana: cables de luz, edificios, la luz profunda del cielo. Hay un hombre que fuma en la terraza del Centro Comercial, ella entorna los ojos y lo reconoce. Se levanta y va hacía la cuadratura de la ventana. Sus recuerdos apestan a colonia masculina. Los tangos, las manos, los besos de su padre. Camina por la alcoba, grita, patalea, estrella las botellas regadas en la cama contra el espejo. Toma un trozo, lo lleva a su muñeca izquierda, se detiene. Observa con horror el abismo de sus pupilas, esa red acuosa de agujeros sembrados en el alma. Sonríe y el dolor se agudiza en ese pozo que es ella misma. Separa cruelmente la piel de sus brazos, corre hacía la ventana y salta. Su cuerpo gira en el vacío y se estrella contra el suelo.

Ella, alcanza a imaginarse flotando en el crepúsculo; tiñéndolo de sangre.

Fabián Mauricio Martínez González vive en la ciudad de Bucaramanga. Una ciudad donde hace mucho calor para su gusto, pero por la que circulan muchas mujeres bellas. Esto hace soportable (sobre todo por las faldas y blusas cortas) el hervor del clima. Martínez González ganó el II Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional. Es colaborador permanente de la Revista Auditorio de Dirección Cultural UIS, y con Baños Públicos, se estrena en las páginas de Revista Boulevard.

Por: Fabián Mauricio Martínez G.

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